martes, 17 de abril de 2018

TEMAS GRIEGO 2º BACH. 3ª EVALUACIÓN

LA HISTORIOGRAFÍA.
Muchas sociedades poseen cronistas oficiales, sacerdotes o funcionarios, cuyo
deber es registrar las tradiciones para la continuidad de los valores sociales. Sin
embargo, la historia, en sus orígenes, parece ser independiente de esas necesidades. De
hecho, sólo se ha desarrollado de modo independiente en unas pocas sociedades, como
la judía o la griega. Además, no era una ciencia, sino una forma de arte que sirve a las
necesidades de la sociedad. Ambos pueblos llegaron, de todos modos, a la historia por
una necesidad común: por la necesidad de establecer y sostener una identidad propia
frente a la presión de los grandes imperios de Oriente Medio.
La tradición historiográfica griega es nuestra tradición, y es muy diferente en su
concepción de la otra gran historiografía: la judía. Para los judíos, la historia es el
registro de la alianza de Dios con su pueblo. Para los griegos, es el registro de las
hazañas de los hombres entre estas hazañas, está la propia de escribir historia. Ejemplo
de esto es que el autor comience su obra consignando su nombre: “Heródoto de
Halicarnaso, sus investigaciones...” o “Tucídides de Atenas escribió la historia de la
guerra...”. Utiliza menos materiales que la judía, pero la idea que la alienta es
primordial: explicar los acontecimientos sin recurrir a Dios.
Esto no ocurrió de modo instantáneo, sino gradual. Así, los primeros textos
escritos de historia, en sentido amplio, estaban aún escritos en verso, la forma de la
poesía y de la literatura religiosa, y recurrían con frecuencia a los dioses para explicar lo
que no se entendía. El afán literario era mayor que la ambición de explicar las causas de
las cosas. El nombre dado a estos primeros escritores era el de logopoio/j, es decir,
escritor de relatos.
Pero en esta época dos hombres, Anaximandro y Hecateo, ambos de Mileto,
reunieron en sus libros las primeras descripciones de la tierra y los primeros mapas,
reuniendo las informaciones que habían obtenido de sus viajes. El afán científico de que
hace gala Hecateo es evidente si vemos cómo comenzó su libro: “Hecateo de Mileto
habla así: escribo estas cosas pues me parecen verdaderas: porque las historias contadas
por los griegos son variadas y en mi opinión absurdas.”. Sin embargo, el libro es una
colección de mitos heroicos y genealogías de héroes que pretenden ser explicados desde
el punto de vista de la razón. Aún no se ha superado la concepción de un pasado mítico,
pero es un comienzo.
Algo después de Hecateo escribió su obra el que podemos considerar el “padre
de la historia”.

HERÓDOTO (484 a.C. - 425 a.C.)
Heródoto nació en la ciudad de Halicarnaso, en Asia Menor. Una ciudad en la
que la mezcla racial, e ideológica era muy fuerte, debido, sobre todo, al importante
ambiente comercial que vivía. Mercantes de todo el Mediterráneo pasaban por allí. La
participación de Heródoto en las revueltas políticas de Halicarnaso le valió el destierro
temporal. Pero esto le permitió comenzar a ver mundo. Años después, cuando se revocó
la pena, se decidió a recorrer el mundo conocido, el Mediterráneo, a familiarizarse con
sus pueblos y costumbres.
Tiempo después comenzó su obra, que es conocida como “Los nueve libros de la
historia”. La justificación última de la obra es el relato de las guerras entre griegos y
persas. Es la historia de cómo un grupo de (supuestamente) un millón setecientos mil
hombres y un a armada de 1.200 barcos fueron derrotados por las fuerzas divididas de
los griegos, que no pudieron juntar en una batalla más de 40.000 hombres y unos 300
barcos. Se puede dudar de las cifras, pero no del hecho de que siempre estuvieron en
franca minoría. Esta guerra, que ya había comenzado en la infancia del historiador, dejó
honda huella en los griegos, cuyos padres habían participado en ella. El porqué de la
obra lo aclara el propio autor al comienzo del libro: “Este es el relato de la investigación
de Heródoto de Halicarnaso, llevada a cabo para que no se desvanezcan con el tiempo
los hechos públicos de los hombres y las grandes y maravillosas hazañas tanto de los
griegos como de los bárbaros, no menos la razón por la que lucharon los unos y los
otros”
En la obra desea exponer quién fue el primero que perjudicó a los griegos, y esto
le hace retrotraerse a la historia del imperio persa, desde los tiempos de Ciro el grande,
fundador del imperio.
Pero el tema central no es más que un aspecto de la obra. Hay otro no menos
importante: las indagaciones. Como Hecateo, Heródoto era un viajero: el hilo temático
del libro, la guerra, va dejando paso a temas que va enhebrando en él: historias y
costumbres de los distintos lugares que visitó, ya sean sobre ciudades o sobre
personajes. La más grande de estas indagaciones es la que hace sobre Egipto, que ocupa
todo el libro segundo.
El resultado es mucho más que la historia de una guerra, es una descripción de
todo el mundo conocido, en que la geografía, costumbres, creencias de cada pueblo son
tan importantes como su, a veces, tenue relación con la guerra. Es, pues, un concepto de
historia total.
¿Cómo adquiría su información?
De vez en cuando cita a Hecateo, pero por regla general no se fía mucho de los
escritos de sus antecesores. Más bien trabaja con la vista y el oído, visitando los lugares
de que habla y conversando con las personas informadas. Él ya no es un escritor de
mitos, aunque a veces los utilice, sino un escritor de logos, de relatos ordenados por la
razón, un estudioso de los hechos de los hombres, no de los dioses, que valoró la época
que vivió como la época en que el sistema de las libertades griegas venció al sistema
tiránico persa. Esta es la gran gesta que quiso cantar.

TUCÍDIDES (460 a.C. - 396 a.C.)
Pero el verdadero gran historiador de la antigüedad fue Tucídides. Fue
contemporáneo de los hechos que narra en su obra, titulada “Historia de las guerras del
Peloponeso”. Estas guerras son las que enfrentaron a los atenienses y sus aliados con los
espartanos y los suyos, que se cerraron con la derrota de los atenienses y el
empobrecimiento de toda Grecia.
A diferencia de Heródoto, jamás recurre a la divinidad para explicar algún
hecho, sino que sus explicaciones son totalmente racionales y científicas .De hecho,
introduce en su texto terminología médica como autopsia de los acontecimientos, o la
diferencia entre síntoma y causa. Confiere gran importancia al papel del método
historiográfico, hasta el extremo de intentar distinguir las causas aparentes de las cosas
y las causas reales, los pretextos para empezar una guerra de sus auténticas causas. Esto
confiere a su obra una modernidad incuestionada. Estudia con detenimiento los porqués
de la guerra desde el punto de vista de los dos bandos, sin dejar que sus preferencias
influyan en la objetividad de su trabajo.
Tucídides pretende que su Historia sea una adquisición para siempre, y esto lo
consigue extrayendo leyes universales de la historia no sólo aplicables a los momentos
que describe, sino a cualquiera. Por ejemplo, que las potencias fuertes siempre
intentarán imponerse a las más débiles o que es la ambición del ser humano la que
estimula y genera los conflictos entre comunidades. Por otro lado, manifiesta que la
historia es irrepetible, pero que vale para encontrar en los sucesos del pasado una ayuda
que ilumine situaciones venideras.
La Historia de Tucídides es, además, una obra de arte, el primer ejemplo extenso
de la prosa artística nacida en Atenas por influjo de los sofistas. Se sirve con frecuencia
de discursos de famosos, escritos intentando reconstruir lo que se dijo en ellos,
ajustándose al contenido y al carácter del que lo pronunciaba. Su estilo es sobrio, pero
lleno de nervio, de carácter. A veces llega a la abstracción poética y otras se detiene en
la descripción minuciosa.
En suma, si Heródoto mereció el calificativo de Cicerón de “Pater Hitoriae”,
Tucídides eleva esta a la categoría de científica.

JENOFONTE (431 a.C. - 354 a.C.)
a.- La vida de Jenofonte.
Nació en Atenas hacia el 430 a.C. Pasó su juventud entre la educación socrática y la
vida militar propia del final de la Guerra del Peloponeso. En el año 401 a.C. se alistó en
la expedición de Ciro el Joven, que pretendía derrocar del trono a su hermano Artajerjes
II. Más adelante, junto a Argesilao, que estaba al frente de las tropas espartanas,
participó en la batalla de Coronea (394 a.C.), poniéndose en contra de sus compatriotas
atenienses, lo cual le ocasionó el destierro de Atenas, hecho que no le afectó demasiado,
pues los espartanos le distinguieron primero con la proxenía (honores concedidos a un
huésped extranjero) y más tarde con una finca en Escilunte, cerca de Olimpia. En un
pasaje de la Anábasis describe esta hacienda, donde pasó los mejores años de su vida, y
cómo en ella pudo cultivar su alma campesina y guerrera, al tiempo que practicar la
caza y la escritura.
La tranquilidad de Esquilunte terminó en 370 a.C., cuando los eleos, enemistados con
Esparta, se apoderaron de la localidad después de la batalla de Leuctra. Jenofonte huyó
entonces a Corinto, donde pasó los últimos años de su vida. Poco después de esta última
batalla, bajo la creciente presión de Tebas, se produjo un acercamiento entre Atenas y
Esparta, lo que ocasionó el levantamiento del destierro a Jenofonte, pero no sabemos si
hizo uso o no de la posibilidad de volver a su patria. Murió hacia el 354 a.C.
b.- La obra de Jenofonte.
Obras históricas: Helénicas, Anábasis.
Las Helénicas narra en siete libros la historia griega desde el 411 hasta el 362 a.C. En
ella pretende continuar la obra de Tucídides pero el resultado es muy desigual y da la
sensación de una obra hecha por etapas. Su valor literario muy distante al conseguido
por Tucídides aunque algunos críticos han elogiado sobre todo sus dos primeros libros.
Jenofonte expone una serie de causas quedándose en la superficie de las cosas mientras
que Tucídides ahonda en sus orígenes.
La Anábasis es un admirable relato sobre sus aventuras como participante en la
expedición de mercenarios griegos para ayudar a Ciro el Joven contra Artajerjes.
Obras socráticas: Memorables, el Banquete y la Apología de Sócrates.
Las Memorables, que es una sucesión de episodios y diálogos socráticos, en los que
Jenofonte mezcla sus propios recuerdos personales con datos sacados de los escritos
socráticos de otros. Aquí aparece su tendencia didáctica a tratar las cosas con una moral
práctica sin cuidar demasiado la profundidad de pensamiento.
La Apología de Sócrates completa los datos platónicos sobre el maestro
El Banquete presenta a Sócrates hablando sobre distintos aspectos de la conducta
humana, uno de ellos la diferencia entre el amor sensual y el espiritual.
Obras didácticas: la Ciropedia, Hierón, el Estado de los lacedemonios, los Ingresos, El
Hipárquico, Sobre la Equitación, el Cinegético, el Económico, etc.
La Ciropedia, es difícil de clasificar y no puede considerarse simplemente una obra
histórica. Es más bien una novela de tendencia político-pedagógica, basada en hechos y
personajes históricos. Narra la educación, juventud, subida al trono y reinado de Ciro el
Viejo. En ella abundan los discursos y los episodios moralizadores, así como los relatos
novelescos.
c.- La ideología.
Supo aunar su talante aventurero con una visión clara de su entorno histórico y siempre
recordó las enseñanzas de Sócrates y defendió los ideales tradicionales helénicos con
valor. Es interesante que un hombre de ideas más bien conservadoras haya sido en
muchos aspectos un precursor del helenismo: en sus esbozos de nuevos géneros
literarios (como la biografía y la novela), en su preocupación por la pedagogía, en sus
breves tratados sobre la equitación o la economía,etc.
Su ideal de cultura gira en torno a la asociación de las virtudes y el concepto del deber
del guerrero y del agricultor. El egoísmo y la codicia se avienen mal al espíritu del
cinegético. Le importa el esfuerzo en conseguir metas, la sencillez y la autenticidad de
la vida natural, al margen de las ambiciones políticas y la mezquindad de otros
comportamientos ciudadanos.
d.- El método historiográfico: el moralismo en la obra de Jenofonte.
Jenofonte, como historiador, tiene notables defectos. No es exhaustivo en la recogida de
datos, es olvidadizo y margina hechos de primera importancia, cuenta las cosas desde su
perspectiva, no tanto por tener interés en ser parcial debido a la simpatía que sentía por
los espartanos, que tanto se le ha reprochado, como por su característica ingenuidad, que
más se parecía a la improvisación sin examinar ni contrastar de forma crítica los datos
de sus escritos, como tendría que haber hecho un fiel continuador de la obra de
Tucídides, y es que en realidad Jenofonte es mucho mejor reportero de guerra.
Sus escritos son un reportaje de sus propias experiencias en el ejército, perfectamente
contados. Su escritura es fresca, precisa, rápida, no ajena a la ironía en ocasiones, tan
solo alterada por la longitud de algunos discursos, que aparecen cargados de tópicos
retóricos y distan mucho de la hondura psicológica de los de Tucídides. A veces prefiere
remodelar la historia, silenciando algunos hechos y embelleciendo sus testimonios con
figuras retóricas. Es mejor narrador que crítico.
e.- La lengua y el estilo.
Su ático no es puro del todo y, en gran parte, preludia ya la koiné. Pero la nítida
sencillez de su lenguaje y la fácil claridad de sus pensamientos le ganaron los lectores, y
así se explica su éxito en la tardía Antigüedad.

LA ORATORIA.
LOS INICIOS DE LA ORATORIA
El discurso aparece en la literatura griega desde su principio mismo como rasgo
característico de la vida griega, como se evidencia desde la propia Ilíada.
En la segunda mitad del siglo V, la oratoria se convirtió en género literario por
derecho propio. No obstante, la oratoria literaria tiene su antecedente más inmediato en
la oratoria hablada en público en la vida política e intelectual del siglo V. Ésta parece
haber llegado a su culmen con el advenimiento de la democracia. Una característica de
la democracia griega, especialmente en Atenas, era que todo hombre podía hablar en
defensa propia ante un tribunal. Si una persona sin experiencia en la oratoria pública era
acusada de un crimen o se veía envuelta en pleitos podía intentar defenderse con un
discurso hecho por sí mismo o encargar uno a un profesional: un logógrafo
(λογόγραφος). Aunque hoy parezca raro, este personaje no lo asesoraba legalmente,
como hoy podría hacer un abogado, sino que se limitaba a escribir el discurso de
defensa del modo más convincente y mejor formulado que sabía para que sus clientes lo
pronunciaran o aprovechara de él lo que prefiriese. En los casos extremos en que un
hombre no era capaz de defenderse, ni con un discurso comprado, se permitía que lo
pronunciara el escritor del discurso.
Un rasgo distintivo de los jurados atenienses era su tamaño, con un mínimo de
201 miembros, siendo común 501 y aún mayores. Un público democrático de este
tamaño, que carecía de formación legal especializada, fomentó la creación de una
oratoria que ponía énfasis en la presentación de los personajes, en la provocación de
emociones o simpatías más que en los argumentos técnicos de los detalles de la ley. Esta
forma era inherentemente artística, y su surgimiento como forma literaria no debe, pues,
sorprendernos. Pues bien, los discursos se publicaban u vendían, una vez pronunciados,
como obras literarias.
Había tres tipos de oratoria:
‐La judicial o dicánica: la de los juicios
‐La de exhibición o epidíctica: son discursos para acontecimientos señalados, de
alabanza, de demostración de la técnica oratoria o simplemente juegos del espíritu.
‐La deliberativa o simbuléutica: el tipo de discurso “de tema” En el siglo IV, la retórica
(=teoría de la oratoria) se convierte en la base de la enseñanza secundaria ateniense.
Los más grandes de entre los oradores griegos son Lisias, Isócrates y
Demóstenes.

LISIAS
Lisias, meteco por ser hijo de metecos (recibían este nombre los extranjeros
afincados en Atenas), nació aproximadamente en el año 446 a.C. Su padre había
emigrado de Siracusa en tiempos de Pericles y logró una posición económica
desahogada gracias a un inmenso taller de escudos que poseía en Atenas. Cuando
murió, Lisias y su hermano Polemarco se trasladaron a la ciudad de Turios, colonia
fundada por los atenienses pocos años antes. Allí permanecieron durante quince años
hasta que se vio obligado a regresar a Atenas, pues, tras la derrota ateniense en la guerra
de Sicilia, los filoatenienses no eran bien vistos en aquellas latitudes. Cuando cayó la
democracia bajo el régimen de los treinta tiranos, él y su hermano intentaron huir, pues
eran demócratas. Polemarco fue capturado y muerto y él mismo, logró escapar de
milagro, pero sus bienes en Atenas fueron confiscados. Huyó a Mégara, desde donde
apoyó activamente el restablecimiento de la democracia en el 403. Como pago a sus
servicios, solicitó ser ciudadano ateniense, pero no se le concedió.
De vuelta a Atenas, se ganó la vida como logógrafo, es decir, escritor de
discursos por encargo, para aquellos clientes que, o bien no saben hacerlo por sí
mismos, o prefieren discursos escritos por profesionales. Entre los más de cien que
escribió, destaca el Contra Eratóstenes, tirano causante de la muerte de su hermano.
En los discursos de Lisias se ha admirado la efectiva sencillez de su estilo, que
parece claro y sin artificios, pero de hecho es casi inimitable. Cuando se habla de su
estilo se habla de χάρις (gracia, encanto).
La otra cualidad predominante de este autor es la habilidad para el retrato de sus
clientes. Adaptaba las palabras del discurso a la persona que lo iba a pronunciar. Los
ejemplos más famosos son aquellos en los cuales toma lo que podría hacer a un hablante
desagradable a un jurado y lo transforma en convincente candidez, como la del
sardónico cojo, hombre de negocios que parece suplicar su pensión.

ISÓCRATES
El ateniense Isócrates (436‐338 a.C.) Pertenecía a una familia que obtenía
pingües recursos de un taller dedicado a la fabricación de flautas. Esta situación
desahogada de la familia permitió a Isócrates tener una educación esmerada, como lo
demuestra el que viajara a Tesalia para asistir a los carísimos cursos de retórica que
impartía Gorgias. Pero la situación familiar se deterioró e Isócrates decidió explotar los
conocimientos adquiridos dedicándose a la profesión de logógrafo. (Al parecer no le
gustaba mucho, porque con los años negó haberse dedicado nunca a logografía.
Aristóteles se burlaba de él afirmando haber visto sacos enteros llenos con los discursos
logográficos de él) Obtuvo tan grandes beneficios con esto, que en pocos años pudo
fundar una escuela de retórica en Atenas. A partir de esta época deja de hacer discursos
de logógrafo para hacer otros en los que expone sus propias ideas sobre política y sobre
educación.
En política mantenía que toda Grecia debía unirse bajo un único mando. Él creía
que la persona adecuada era el macedonio Filipo. La tradición dice que, despechado
porque éste no le recibía, se dejó consumir de hambre.
Tenía una delicada salud, escasa voz, y los nervios lo podían cuando se
presentaba en público, lo que lo imposibilitaba para pronunciar discursos. De modo que
los escribía. La mayor parte de sus discursos son deliberativos o epidícticos, y ya
salieron de su pluma como “discursos escritos”, no para ser pronunciados ante un gran
público, sino en pequeños grupos de amigos.
Entre sus discursos principales destaca el Panegírico, que animaba a hacer una
gran campaña contra Persia o el Contra los sofistas, en que critica la enseñanza sofística.
Su obra parece “verbosa”, pero está suavemente elaborada y llena de importantes
contenidos políticos, filosóficos y morales. Su escuela hizo la competencia a la
Academia de Platón y la oposición retórica‐filosofía que significaba la oposición de su
método con el Platónico fue fructífera y duradera en la antigüedad.

DEMÓSTENES
Demóstenes (384‐322) fue el orador ateniense más combativo y tenaz en la
defensa de sus intereses y convicciones tanto privadas como políticas. La pérdida del
padre cuando el futuro orador contaba sólo siete años, puso la hacienda heredada en
manos de administradores poco escrupulosos que fueron dejando en la miseria a su
patrocinado. Demóstenes, al igual que cualquier ciudadano ateniense en circunstancias
semejantes, se vio obligado a tomar la palabra ante los tribunales. Había asistido a las
enseñanzas del orador Iseo, inigualable en la defensa de las causas civiles, lo que le
permitió escribir su propio discurso acusador Contra Áfobo. Ganada la causa, recuperó
parte del valor de su herencia. Tenía veinte años. Inicia entonces la profesión de
logógrafo con bastante éxito. Poco después emprende su carrera política y se convierte
en la conciencia de Atenas durante los treinta y siete años de su actuación.
Ante cada conquista de Filipo en el norte de Grecia el orador incita a sus
conciudadanos contra el que él llama “el más malvado de los hombres”. Los esfuerzos
de Demóstenes consiguieron coaligar a varias ciudades contra Filipo. Se enfrentaron
con él en la famosa batallla de Queronea, en la que el hijo de Filipo, Alejandro Magno,
tomó parte importante. Los macedonios vencieron y el sistema de ciudades‐estado
griegas se vino abajo. Demóstenes hizo el Epitafio por los muertos de Queronea y, con
redobladas fuerzas, continuó azuzando a los atenienses para que vieran en Alejandro un
enemigo tan temible como Filipo, asesinado dos años después de la batalla. Cuando
Alejandro murió, Demóstenes siguió azuzando a sus compatriotas para sacudirse el
yugo de los macedonios y promovió nuevas batallas. De nuevo los macedonios
vencieron y Demóstenes, perseguido por éstos, se suicidó.
Si Isócrates es un orador “de gabinete”, Demóstenes es todo pasión. Entre sus
discursos destacan las Filípicas, contra Filipo de Macedonia, imperiosas, llenas de
fuerza, con diabólicos cambios de tono y mezcla de estilos, pero a la vez con precisión
al escoger las palabras y componerlas. Hace aparecer a Filipo como un ser de increíble
ambición, con un increíble orgullo y como una especie de desastre aberrante de la
naturaleza. Pero, a la vez, critica el comportamiento ateniense, demasiado precavido,
que no mira dónde le van a golpear, sino que se queda mirando dónde le golpearon, sin
pensar en el futuro.
En la antigüedad se tuvo a Demóstenes como modelo de la prosa ática, en el que
se reunían las mayores virtudes literarias. Sus obras se estudiaron con regularidad en las
escuelas, se componían comentarios sobre ellas y quedó como “el orador” por
excelencia.

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